viernes, 9 de octubre de 2015

El nuevo auge del populismo, por Raúl Vergara Arias @Raul1Vergara

En los últimos meses se ha hecho evidente un fenómeno político peculiar en varias democracias del mundo, esto es la creciente importancia que han tomado figuras políticas heterodoxas, tales como Donald Trump y Bernie Sanders en Estados Unidos, Pablo Iglesias en España, Marine LePen en Francia, Jeremy Corbyn en Reino Unido, Alexis Tsipras en Grecia, así como el nuevo surgimiento de Andrés Manuel López Obrador en nuestro país tras colocar a su partido como primera fuerza política del Distrito Federal. Todos estos líderes vienen de distintas corrientes ideológicas pero tienen en común el presentarse como opositores al establishment y basar su popularidad en ofrecer al electorado soluciones fáciles a problemas complejos, utilizar un discurso de buenos contra malos, culpabilizar de una serie de problemas a un enemigo visible, y sobre todo proponer medidas de dudosa viabilidad y responsabilidad. Por todo ello, a este conjunto de políticos se les conoce con el adjetivo de “populistas”.

Un populista se distingue en por decir a los votantes lo que éstos quieren escuchar, basando su discurso en temas de gran contenido emotivo y aprovechando el coraje que la población siente en algunos tópicos, sean cuales sean. Por ejemplo, Trump y LePen aprovechan el miedo de grandes sectores de sus sociedades que creen que la esencia de su país se está perdiendo a manos del gran número de inmigrantes que ha llegado en los últimos años, para ello ofrecen un discurso nacionalista, presentando a los extranjeros como indeseables que vienen a delinquir o en el mejor de los casos, a quitarle su trabajo a los nativos. Para Tsipras y su partido Syriza, Grecia está sumida en una crisis de deuda no por el manejo irresponsable de las finanzas públicas, sino por la codicia de los dirigentes de la Unión Europea, de modo que su discurso giró en torno a que el país podría recuperarse si tan sólo tuviera un líder que hiciera frente a los tecnócratas que los sumieron en la pobreza. Sin embargo, las propuestas de estos personajes suelen ser vagas o poco viables: Donald Trump ha prometido que los más de 11 millones de indocumentados en Estados Unidos serán deportados en poco tiempo, cuando en realidad para ello sería necesario un enorme despliegue militar y consecuentes violaciones a los derechos humanos que harían del proyecto algo prácticamente imposible de realizarse en un país como EEUU. En el caso de AMLO, recalcado en repetidas ocasiones que el recortar los sueldos de funcionarios daría los recursos suficientes para financiar programas sociales tales como la pensión universal; cuando en realidad sólo es una forma de ofrecer algo que suena bien sin tomar en cuenta que el monto de los sueldos de altos funcionarios es minúsculo en proporción con el gasto necesario para los programas que él propone.

Para entender el auge reciente de estos movimientos, debemos ver que gran parte de ellos son el equivalente a los “productos milagro” que venden en televisión: una forma en que las personas frustradas porque los medios convencionales no han dado los resultados deseados puede probar con nuevas alternativas que prometen soluciones espectaculares. Tras la enorme crisis financiera de finales de la década pasada, la recuperación económica ha sido lenta y muchas personas viven peor que hace seis o siete años. Aunado a eso, la economía moderna da una gran recompensa a las personas que tienen mayor educación y capacidades, mientras que los trabajadores menos cualificados (que son la mayoría) tienen menor estabilidad laboral y prestaciones de las que contaban antes. En varios países,(sobre todo los europeos), se forjó durante décadas un consenso político liberal donde conservadores y socialdemócratas alternaban el poder con plataformas que diferían en ciertos aspectos pero con una base similar que fomentaba la apertura al exterior y la economía de mercado. Sin embargo, ahora que las condiciones económicas de mucha gente han cambiado, los votantes perciben una brecha entre su realidad y el discurso de los partidos tradicionales, por lo que buscan opciones novedosas lo que da pie al fortalecimiento del nuevo populismo.

Este fenómeno es preocupante, porque aunque la población tenga razones válidas de hartazgo, el crecimiento de opciones políticas heterodoxas que basan su popularidad en propuestas de manejo económico irresponsable o en la incitación al tribalismo racial no representa una solución deseable para los problemas actuales. Más bien es necesario que los partidos que, a pesar de sus errores basan su plataforma en un enfoque realista y más responsable a los problemas, busque soluciones a las inquietudes de la sociedad, y haga saber a los ciudadanos qué tipo de medidas son factibles en el mundo real y cuáles no.


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